Hoy he estado leyendo la famosa historia de Narciso. Narciso fue un muchacho que nunca paró de mirar su reflejo, porque tenía una belleza inconcebible. El caso es que yo pienso que Narciso solo quería ver más allá de su propia belleza, y por eso terminó arrogándose. Sí, se ahogó porque todos los días se acercaba a una fuente a observar sus perfectos rasgos, y no podía verse a sí mismo, no se indentificaba con su propio reflejo. Pobré Narciso, he pensado. Tampoco somos tan diferentes él y yo, al fin y al cabo.
Hoy es uno de esos días que no pasan de largo. Bueno, puede que al final pase como todo, pero es un punto de inflexión. Hoy es uno de esos días que descubres, después de un largo camino, la esencia de las cosas. Hoy he descubierto parte de mí, de mi esencia. Es algo que tengo tan guardado, que a veces olvido, hacía mucho tiempo que no me paraba a recordar. Olvidé lo que soy, y he ido sin rumbo hasta descubrirlo. Sólo en parte, eso sí. Pero por algo se empieza, suele decirse. Yo, he recordado hoy, algo de lo que soy. Soy una de esas personas raras, que no pueden beber el café en un vaso, ni el agua en una taza. Me gusta leer a los clásicos, incluso en soporte "pantalla" mientras trasnocho sin razón aparente. Escucho opera con veintidós años, aunque lo hago desde la adolescencia. Preludios de Bach, conciertos de Schubert... Me encanta soñar, porque me creo mis sueños...y me dan ganas de llorar cuando despierto. Soy catastrófica, y tragicómica. Admiro a las personas, por como escriben, por como se expresan o por sus particulares formas de ver el mundo. Y me gustaría algún día, despertar en alguien esa misma admiración. Por eso escribo. Las palabras no lo son todo, pero todo se puede expresar con palabras. Yo soy de esas personas que se conmueven viendo un amanecer por la ventanilla del tren o con un piropo angosto y creativo. Me puedo pasar horas delante de algo sin ni siquiera verlo, y enamorarme en un solo segundo. Soy de esas personas que dicen lo que piensan y hacen lo que piensan, y por eso normalmente salen perdiendo en el juego del amor. Soy como un perro que ni come ni comer deja, que lo quiere todo y no se decide por nada, y por si acaso, jamás intento poner demasiado empeño en nada, por miedo que salga mal. Soy una tormenta, con sus rayos y truenos, en la que relampaguean ganas de vivir mezcladas con pánico y con algo de inconformismo irremediable. Todas las tormentas cesan... amaina su estruendo y se vuelven dóciles... Pero yo... Yo soy de esas personas que nunca serán dóciles. Ser dócil significa perder la identidad, y yo hoy he encontrado la mía. La calma está hecha para los demás. La calma es aburrida.

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